En Cuba, las personas celíacas se enfrentan a una escasez alimentaria y dependen de una oferta limitada para sostener una dieta libre de gluten, de manera que la falta de productos básicos, los apagones y la inflación reducen las opciones para quienes no pueden consumir trigo y otros cereales con esa proteína.

 

La falta de alimentos en este país alcanza al 89 % de la población, un escenario que afecta de forma particular a quienes requieren preparaciones específicas. De esta manera, para una persona celíaca en Cuba, conseguir alimentos seguros implica depender de arroz, maíz, yuca y sorgo, debido a la escasa presencia de productos libres de gluten en comercios, restaurantes y mercados.

La situación se agrava con los cortes de electricidad, que afectan la conservación de la comida y dificultan la producción de alternativas aptas.

El sistema estatal garantiza una dieta diferenciada para niños celíacos solo hasta los 14 o 15 años. A partir de esa edad, la cobertura alimentaria disminuye y las familias deben buscar por sus propios medios opciones que no representen un riesgo para la salud.

Los módulos destinados a menores con esa condición también sufren dificultades de abastecimiento, y la falta de regularidad en esas entregas deja a los hogares con menos recursos para organizar una alimentación que excluya el gluten.

Una joven cubana celíaca desde la infancia, relató a Cuba Noticias 360 que posee un documento oficial para comprar alimentos aptos en una panadería-dulcería de las provincias centrales. El establecimiento trabaja con sorgo, pero la oferta disponible resulta insuficiente. La joven señaló que las alternativas son “pocas y muy poco variadas”, al tiempo que afirmaba que, cuando logra llegar al local, los productos ya se han agotado.

La alimentación cotidiana queda entonces reducida a ingredientes que las familias consiguen con mayor frecuencia. El arroz, el maíz, la yuca y el sorgo aparecen como las principales bases para reemplazar panes, pastas y preparaciones con harina de trigo; mientras que los embutidos, las croquetas, las pastas y los panes suelen quedar fuera de la dieta cuando no existe garantía sobre sus ingredientes. La ausencia de opciones aptas obliga a extremar cuidados para evitar el consumo de gluten.

Por otra parte, la interrupción del servicio eléctrico compromete la cadena de frío y limita la conservación de alimentos que requieren refrigeración; y la falta de maquinaria también condiciona la elaboración de productos sin gluten.

A ese obstáculo se añaden el financiamiento limitado y una infraestructura precaria para desarrollar una producción sostenida. Pero la escasez no se limita a los productos terminados, sino que, además, el acceso irregular a ingredientes básicos afecta a quienes intentan cocinar en sus casas, ya que las familias deben obtener materias primas aptas antes de elaborar cualquier preparación.

Los grupos de apoyo en redes sociales se convirtieron en una herramienta para personas celíacas y sus familiares, y es ahí donde intercambian recetas, datos sobre puntos de venta y experiencias relacionadas con alimentos que pueden consumir. Estas comunidades también permiten difundir la llegada de productos a determinados comercios, una información que resulta útil ante una oferta escasa y variable, en la que los artículos aptos pueden agotarse con rapidez.

En otro orden de cosas, frente a las restricciones del comercio estatal, varios emprendimientos privados comenzaron a elaborar harinas, panes, dulces y pastas sin gluten, unas iniciativas que recurren a materias primas disponibles en el país para sustituir el trigo.

La yuca ocupa un lugar central en algunos proyectos que cuentan con el aval del Instituto de Investigaciones de la Industria Alimentaria; mientras que otros productores preparan harinas artesanales a partir de plátano, arroz y coco. También surgieron propuestas de repostería que utilizan arroz, maíz y sorgo, elaboraciones que permiten ampliar parcialmente una dieta que, de otro modo, permanece concentrada en un grupo reducido de alimentos.

La continuidad de estos negocios depende de procesos productivos inestables y de la disponibilidad de electricidad, de mabera que cada apagón puede interrumpir la elaboración, afectar la conservación o impedir la entrega de los pedidos.

Así las cosas, en este país, la dieta libre de gluten depende de pequeñas producciones privadas, redes de solidaridad y la capacidad de cada familia para encontrar ingredientes seguros; y para la comunidad celíaca cubana, el acceso a la comida apta sigue condicionado por una crisis que atraviesa desde la producción hasta la mesa.