La enfermedad celíaca es una patología frecuente y aun así infradiagnosticada y con un importante impacto en la calidad de vida de quienes la padecen. En los países occidentales su prevalencia se sitúa entre el 0,5 % y el 2,4 % de la población, siendo más habitual en la infancia y con mayor presencia en mujeres; sin embargo, en los últimos años se ha observado un incremento de los diagnósticos en adultos e incluso en personas de edad avanzada.

 

Según explica la doctora María Calderón Chamizo, especialista en Aparato Digestivo del Hospital Quirónsalud Huelva, "tradicionalmente, esta patología se asociaba a un cuadro de malabsorción con síntomas como diarrea, esteatorrea, distensión abdominal, pérdida de peso o falta de crecimiento en niños"; sin embargo, hoy se reconoce como una enfermedad con un amplio espectro clínico.

Además, la celiaquía puede manifestarse más allá de los típicos síntomas digestivos, a través de otros sítomas como el déficit de hierro, la esofagitis por reflujo, la depresión osteomalacia y osteoporosis, la elevación inexplicada de transaminasas hepáticas, problemas reproductivos como la infertilidad o abortos recurrentes, o el linfoma y otras complicaciones asociadas.

Esta amplia sintomatología provoca que la enfermedad celíaca tenga una afectación integral en la calidad de vida, por lo que mantener un alto índice de sospecha resulta fundamental en el proceso diagnóstico.

En este sentido, es importante tener en cuenta que pacientes susceptibles de ser estudiados como posibles enfermos de celiaquía, además de los supuestos ya mencionados, podrían ser personas adultas con síntomas o alteraciones analíticas compatibles con malabsorción; familiares de primer grado de pacientes celíacos, aun cuando estén asintomáticos; o personas con diabetes tipo 1, que deben someterse a cribados periódicos.

También está indicado el estudio serológico en un amplio abanico de situaciones clínicas como síndrome del intestino irritable, aftas recurrentes, osteoporosis, colitis microscópica, enfermedades tiroideas autoinmunes, trastornos neurológicos, dermatitis no herpetiforme, síndrome de Down o Turner, entre otras.

Según la especialista "todo ello con la importante puntualización de que se debe individualizar cada caso", al tiempo que aclara que "para el diagnostico de la enfermedad se combina el análisis de sangre (serología), pruebas genéticas y biopsias duodenales para comprobar si existe o no afectación a nivel histológico, es decir, a nivel de la mucosa intestinal".

El pilar fundamental del tratamiento es la dieta sin gluten de manera crónica, que permite la recuperación de la mucosa intestinal, mejoría y, finalmente, la desaparición de los síntomas. De esta manera, "la retirada del gluten implica una clara mejoría de los síntomas, sin embargo, la reparación completa del intestino es un proceso que se prolonga un poco más en el tiempo, especialmente en adultos" ha señalado la doctora.

La experta ha recordado además que tras el diagnóstico, es fundamental mantener un seguimiento, principalmente analítico, que asegure la ausencia de manifestaciones clínicas y la curación mucosa, y que resulta clave para prevenir complicaciones a largo plazo.